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LUPERCIO LATRÁS BANDOLERO DEL REY

Lupercio Latrás fue un bandolero, espía y contrabandista, que vivió durante la segunda mitad del siglo XVI, uno de esos individuos de armas tomar, de vida agitada y violenta dentro y fuera de la ley, a caballo entre la historia y la leyenda, propia para llevarla a la fantasía del cine o la novela.

Nace en 1555 en el valle de Hecho, siendo hijo segundo de Pedro de Latrás y de María de Mur. La familia paterna era de Infanzones y contaba con una dilatada tradición de servicio al rey en diversas empresas militares . Tenían su castillo, y de ahí toman su apellido, en el pueblo de Latrás.

Quedó huérfano en 1573 cuando su padre, el Señor de Latrás, encargado por la Corona de prevenir una posible invasión de los protestantes franceses, se despeñó con su caballo cuando inspeccionaba las fortificaciones de la zona de Canfranc.

Obra sobre Lupercio Latrás

La ausencia de la figura paterna y tener a los hijos mayores combatiendo en el extranjero condenó a la viuda, mujer débil de carácter, a quedar sola para la educación de su hijo menor, que desde joven demostró un carácter violento y que protagonizó múltiples y notorias tropelías por el familiar valle de Hecho.
A los 24 años fue acusado y condenado a muerte, por el homicidio de varios lugareños.

Fue mandado perseguir por el Rey Felipe II y por la Inquisición, acusado también de formar parte de una cuadrilla de bandoleros que atemorizaba a las gentes de aquellas tierras.

Imagen del Valle de Hecho

Su hermano Pedro le aconsejó refugiarse en Francia y consiguió que ejerciera allí labores de espía, informando al rey de los movimientos de los hugonotes, sobre los protestantes franceses de la región del Bearn que amenazaban con invadir Aragón, y de las intenciones del monarca francés de recuperar Navarra, que siempre consideró como suya.

Esta información la hizo llegar a las autoridades aragonesas al servicio del Rey Felipe II y eso le valió, junto con la intersección del nuevo Señor de Latrás, su hermano, el perdón real por los homicidios y los robos cometidos.

Castillo de Aínsa

Una condición se le impuso a cambio del perdón real y es que debía reclutar y pagar una tropa, de su propio pecunio. Una tropa de unos doscientos montañeses facinerosos y situarse a su cabeza para dirigirse a Sicilia e incorporarse a los Tercios del Rey. Esta hábil solución tenía una doble ventaja que era, por una parte alejar de Aragón al joven Lupercio y con él a la peor calaña del Pirineo, y otra aportar gente aguerrida a una zona amenazada de invasión por los turcos.

Pero hasta entonces había efectuado innumerables correrías por los valles del Pirineo y el Somontano oscense. Por ejemplo, en el año 1580, tras eludir a las tropas del Justicia de Aragón, se plantó con una cuadrilla de 50 hombres frente al castillo de Ainsa y, fingiendo estar al servicio de la Diputación del Reino, se apoderó del castillo y de sus caudales y bienes. Ante aquello, la reacción de los diputados aragoneses no se hizo esperar y pusieron precio a su cabeza. Pero la osadía no tiene límites y Lupercio Latrás se dirigió con su tropa hacia Zaragoza consiguiendo llegar hasta Zuera, donde clavó un pasquín en el que se proclamaba que era él quien ponía precio a la cabeza del Virrey de Aragón.

Latrás pone precio a la cabeza del Virrey

El Gobernador de Aragón organizó una unidad represiva y a partir de entonces Lupercio sufrió una sistemática persecución, así como las personas que le protegían. Denuncias, sobornos, acciones armadas, todo parecía poco para acabar con Lupercio que perdió a casi todos sus hombres en un encuentro con las tropas del Gobernador de Aragón, Juan de Gurrea. Fueron copados en el pueblo de Candasnos y durante el combate murieron la mayoría de los forajidos partidarios de Latrás, ejecutándose inmediatamente a los ochenta compañeros que cayeron prisioneros, sin embargo Lupercio sobornó a algunos de los sitiadores y logró escapar.

Fugitivo, logró huir a Ribagorza y refugiarse en el Castillo de Benabarre, de donde huyó una vez más estando sitiado por el gobernador.

Su prestigio en la montaña comenzó a declinar, y el perdón que las autoridades ofrecieron a quienes le habían ayudado, contribuyó a dejarle más aislado.

De Sicilia viajó a Roma y allí se las ingenió para que sus contactos en las altas esferas vaticanas le consiguieran una audiencia con el Papa Pío V para pedirle personalmente perdón por sus pasadas fechorías.

No soportando la inactividad en Sicilia, pide en 1587 ser trasladado a la Guerra de Flandes, pero durante el trayecto su nave es desviada a las islas Azores y allí se unió a la Flota de Indias en su viaje de regreso a Portugal.

Castillo de Benabarre

Latrás es acusado de no cumplir sus órdenes y en enero de 1588 es arrestado en la casa del Almirante Don Álvaro de Bazán. Ante lo que él consideró una injusticia desertó y regresó a Aragón donde organizó una partida de bandoleros que se ofrecieron como mercenarios a Rodrigo de Mur, lugarteniente del Conde de Ribagorza, a la sazón el principal aristócrata de Aragón. En abril de 1588, junto con el aristócrata zaragozano Antonio Martón participó en el saqueo y las matanzas de la población morisca de los pueblos de Codo y Pina de Ebro, en las que pudo haber hasta 300 muertos. Este último pueblo pertenecía al Virrey, lo que motivó una feroz persecución que acabó con la detención y ejecución de Martón.

Papa Pío V

Con la ayuda económica de su hermano logró escapar a Francia y volvió a utilizar el recurso de reunir información de interés para hacerla llegar a Felipe II y conseguir el perdón real.

Latrás anduvo errante, siendo detectado ya en los valles pirenaicos, ya en el sur de Francia, incluso en Portugal, pero sin revestir peligrosidad en sus acciones, por lo que desde la corte, considerando que todavía podía prestar servicios útiles, se le volvió a amnistiar, enviándolo como espía a las cortes de Francia e Inglaterra. Tuvo éxito y fue autorizado a regresar a España, sin embargo, hallándose sin dinero e inactivo, decide enrolarse en un barco corsario inglés que zarpó para atacar naves castellanas que navegaban por el Mar Cantábrico.

Felipe II

Pero la nave corsaria fue sorprendida por una tormenta y embarrancó en una playa de Santander. Los corsarios fueron apresados y Lupercio fue enviado al Alcázar de Segovia, donde sería ejecutado en 1590, a la edad de 35 años, por orden de Felipe II.

Aquí finaliza nuestro particular vistazo a la historia de Lupercio Latrás, bandolero, espía y contrabandista.

Un hombre de cuchillo fácil que vivió intensamente y murió a manos de la justicia.

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