En el espléndido marco del Centro de Historias de la Inmortal Ciudad de Zaragoza, el pasado 25 de abril de 2026, tuvimos el placer de asistir a la celebración de un acto con doble sentido musical; el homenaje al mundialmente conocido y admirado tenor aragonés Miguel Fleta, y el centenario del estreno de la obra Turandot.
El acto, organizado por la Asociación de Amigos de la Música de Zaragoza, en colaboración con el Centro de Historias, de la capital aragonesa, se desarrolló a partir de las 19.00 horas, en el Salón de Actos de esta prestigiosa institución.

La mesa presidencial estuvo formada por las siguientes personalidades: Miguel Ángel Santolaria, Tenor y Presidente de la Asociación de Amigos de la Música; Miguel Ángel Yusta, destacado periodista; Sra. Dña. Ana López Sinaga, Soprano; y Sr. D. Oier Arce, Maestro Pianista.
Entre los numerosos invitados al acto pudo verse a una amplia representación de los Reales Tercios de España, fundados en 1942 por S.A.R. Don Juan de Borbón y Battenberg, integrada por: Delegado en Aragón, Ilmo. Sr. D. Rafael Lahuerta del Río; Subjefe de la Delegación en Aragón, Ilmo. Sr. D. Jesús Navarro Ros; Jefe de Relaciones Institucionales del Tercio Norte-Aragón, Ilmo. Sr. D. Manuel Grao Rivas.
Igualmente, la Soberana y Hospitalaria Orden de San Juan de Jerusalén Caballeros de Malta, estuvo representada por el Comendador de la Encomienda de Zaragoza, Ilmo. Sr. D. Ricardo Falcón Lambán, y por el Marshall, Ilmo. Sr. D. Juan Mínguez Morales.
Miguel Ángel Yusta actuó como presentador, dando inicio al acto con estas palabras: Buenas tardes a todos, saludos y bienvenidos a este acto cultural y musical. Muchas gracias al Centro de Historias por acogernos, a la Directora María Teresa García Piedrafita.

Al público hay que decirle que vamos a escuchar una conferencia ilustrada, vamos a llamarla así, con Miguel Ángel Santolaria, Tenor; Ana López Sinaga, Soprano; y Oier Arce, Maestro Pianista, que luego de la disertación de Miguel Ángel nos ofrecerán unos fragmentos musicales.
Es para mí un honor, y lo digo de corazón, presentar esta conferencia-concierto dedicada al Tenor, aragonés y universal, Miguel Fleta, uno de los tenores, como sabéis, más destacados y carismáticos del panorama operístico, español e internacional, en el primer tercio del siglo XX.
Es uno de los más grandes eventos también el que celebramos hoy, el centésimo aniversario del estreno de Turandot.

De Miguel Fleta, voy a decir cuatro palabras, porque Miguel Ángel se extenderá debidamente. Nació en Albalate de Cinca en 1897 y dejó una huella imborrable gracias a esa voz tan especial, esa voz tan cálida, expresiva y técnicamente brillante que supo transmitir la intensidad y el drama. Además en una carrera brevísima porque el era realmente un genio. De cantar jotas a su perro, a cantar en los mejores teatros de ópera del mundo, en la mitad de tiempo que se hacía una carrera entonces.
Tenemos a Santolaria, que es un hombre, además, modesto, pero que sabemos todo el gran conocimiento que tiene del tema, sus grandes archivos y, sobre todo, esa bendita cabeza que nos expresa todas sus ideas tan bien expresadas, y que recuerda cosas que los demás no, ni por asomo.
Entonces, esta magnífica tarde, acompañado de Ana y Oier, nos va a ofrecer una charla, colaborando con el Centro de Historias. Pero antes unas breves palabras, también me vais a permitir, sobre Miguel Ángel. Tenor lírico spinto, desde el año 1997 realiza estudios de impostación de la voz, repertorio, estilo, técnica y mecánica de la respiración. Estuvo, y está, a las órdenes del Tenor Emilio Belaval, catorce años. Oigámosle ahora.

Muy buenas tardes a todos, sed bienvenidos a este acto de la Asociación de Amigos de la Música, en colaboración con este magnífico Centro de Historias.
Ya ha dado las gracias Miguel Ángel a María Teresa García Piedrafita, su directora, que tanto está haciendo por la cultura en Aragón.
Que nos haya presentado Miguel Ángel Yusta, para mí es un honor porque, además, aparte de periodista en Heraldo de Aragón, su apartado de cosas de ópera, su apartado de jota, “El rincón de la copla” todos los domingos, es uno de nuestros grandes poetas y compositor de cante de jota, y es además un gran musicólogo. Es una auténtica autoridad en el universo del bel canto y, para mí, repito, es un gran honor que Miguel Ángel Yusta nos haya presentado porque es una de las pocas autoridades que tenemos en Aragón, de la ópera.

También les quiero decir que en la Asociación de Amigos de la Música, que tengo el placer de presidir, seguimos con nuestras actividades. Concretamente, el próximo mes, el día 9 en el Centro Soriano, ofreceremos una antología de la ópera y de la zarzuela; el día 12, dentro de las fiestas de ese emblemático barrio de Zaragoza que es El Arrabal, en la Iglesia de Altabás, ofreceremos otra gala lírica con otra antología; el día 24 iremos a Alcañiz, a la famosa Asociación El Cachirulo de Alcañiz, a darles otra antología. En fin, estamos muy activos.
Pero hoy es, podríamos decir, el día D, porque hoy precisamente , como ha dicho Miguel Ángel Yusta, se cumple el centenario del estreno, en el Teatro de Alla Scala de Milano , de la que podíamos decir una de las más grandes obras de Giacomo Puccini, con el aspecto, positivo o negativo, de que estaba inacabada.
De Turandot se ha escrito y se ha hablado mucho, pero hay que reconocer que se han tergiversado muchos datos, sobre todo sobre Puccini, sobre el estreno y demás. Por eso yo quiero apuntar algo sobre Puccini, el autor. Él era nacido en una villa, en un pueblecito muy cercano a Pisa, que se llamaba Luca. Tenía antecedentes familiares musicales, su padre era el organista de la catedral de Luca; su abuelo habría sido un gran compositor, habría compuesto siete óperas, aparte de organista.
Puccini era un poco rebelde y, parece ser que, de niño, no se iba a dedicar a la música.
Pero, con dieciocho años, fue a la cercana Pisa, que estaba a veinte kilómetros de Luca, a ver Aida, de Verdi. Después de ver Aida, expresó que le había cambiado la vida, “yo quiero ser como Verdi, compositor”.
Para muchos, llegó a superarlo, al propio Verdi, en sus composiciones. En el ánimo de todos están sus óperas grandiosas, ¿quién no ha oído hablar de Madame Butterfly, La Boheme, El Tríptico, La Rondine, La Fanciulla del West, Tosca.
Pero en el año 1920 cayó en manos de Puccini un libreto, adaptado, de Carlo Gochi, sobre Turandot. Muchos dicen que Turandot es un cuento chino, pero posiblemente empezó la historia de Turandot como un cuento persa. Tenía todo para seducir a este compositor enamorado del exotismo y de una nueva psicología femenina.
La esclava Liú le recordaba a Butterflay. La vida de este hombre, Puccini, era un poco menos que licenciosa. Él vivía en La Toscana, en una villa que se llamaba Torre del Lago, donde tenía su casa, buenos amigos de él, cazadores y pescadores. Le gustaba la buena vida, el buen vino y la diversión. Pero cuando le llegó el libreto de Turandot se enamoró, no de la princesa del hielo sino de la esclava Liú. Decían que Puccini, tan mujeriego, en sus óperas dedicaba un aspecto especial a las mujeres. ¿Quién no recuerda a la Mimi, de La Boheme; A Sor Angélica, de Il Trittico; a CioCioSan, de Madame Butterffly; a Minnie, de La Franchula; a Lauretta, de Gianni Schicchi. De todas ellas, él se enamoraba, pero eran todas mujeres donde perduraba en ellas la virtud, el amor, la fantasía y, sobre todo, la pasión. Esos personajes que él creaba eran fabulosos, se enamoraba, dicen, hasta cierto punto de ellos.
Con Miguel Fleta, del que hablaremos, tenía muchas coincidencias, no siempre positivas. Por ejemplo su amor a los coches. En aquella época, los coches que había y la gente que manejaba un coche estaban en sus inicios. Recuerden esos tipos de coches, Hispano Suiza, Chevrolet, antiguos. Lo mismo Fleta, que Puccini, eran los dos grandes amantes de los coches.
Y también en otro aspecto muy negativo, porque Puccini, en aquella época, se enamoró de una mujer casada, de Elvira. Ella estaba separada de su marido.

En aquella época, ya saben ustedes que no existía el divorcio, y se casó con ella, al cabo de los años, cuando murió su esposo.
Es un poco el caso de Miguel Fleta, por eso digo que hay una similitud. Miguel Fleta, todos habrán oído hablar de la gran soprano, que estaba de profesora en el Liceo de Barcelona, Luisa Pierrick. Esta mujer fue el auténtico Pigmalión de Miguel Fleta. Él estaba en la finca de sus hermanas, en Zaragoza, de mozo de labranza. Cuando fue al Conservatorio de Barcelona, ella se ofreció a todo, fue hasta su amante. Y también surgió que Luisa Pierrick, también estaba separada de su marido, que era un músico violinista del Liceo, y tampoco le concedía el divorcio. Es decir que hay puntos de similitud.
Pero lo que sí es un hecho es que Puccini tuvo muchos problemas no solo por este aspecto sino por su condición de, no ser un libertino o crápula pero sí de llevar una vida un poco, si no licenciosa sí muy cercana. De hecho, tuvo un problema muy, muy grave. Tenían en Torre del Lago, donde componía sus óperas, cada cuatro o cinco años, una criadita de 17 años que se llamaba Doria Manfredi, y Puccini, el hombre, la colmaba de halagos. Elvira, su mujer, que era muy celosa, le hacía la vida imposible, hasta tal punto que un día Doria Manfredi se suicidó. Se hizo la autopsia y se demostró que la chica era virgen. Hubo un proceso y le salieron cuatro años de cárcel a Elvira, su mujer. Por muy buenas composturas lograron tapar aquello, dándole dinero a la familia de Doria Manfredi. Pero la vida de Puccini no era muy, muy edificante.
Eso sí, los triunfos de sus óperas eran grandiosos, no comparable a Verdi pero incluso, como he dicho antes, superándole. Fue entonces cuando, en el curso de un viaje a Suiza, Alemania y Holanda, cuando ya estaba con el libreto de Gochi, de Turandot, que llevaba ya cuatro años con él, pero no lo terminaba, estudiaba el folclore chino y había metido en la partitura hasta una parte del himno chino, pero no terminaba de concluir la obra en el pentagrama.
Viajaba mucho, por supuesto. Sus óperas se representaban en todo el mundo. Cuando él y sus libretistas, Adami y Simoni, hicieron un viaje, (esto no se cuenta, no sé por que). Puccini tuvo un accidente.
Estando con unos amigos cenando en Baviera, en la localidad de Ingolstadt, durante la cena Puccini se tragó un hueso de pato, y fue intervenido por un médico para extraérselo. No sé si es por la herida que le hicieron o como consecuencia de la operación, y dada además su condición de fumador empedernido, se le declaró un cáncer de garganta, que le llevó a la tumba, cuando tenía 63 o 64 años.
Pero, a finales del año 1924, se reunió con el mítico Director de Orquesta, de la Scala de Milán, Arturo Toscanini, íntimo amigo suyo que había dirigido concretamente el estreno en el Metropólitan de Nueva York La Fanciulla del West, con Toscanini en el atril. También La Bohenme, y la amistad que tenían era enorme. Entonces, Toscanini fue a Torre del Lago a visitar a Giacomo Puccini, y ya dijo que lo encontró muy, muy desmejorado. Pero, empezaron a discernir sobre el estreno de la ópera, qué cantantes iban a intervenir, y en el aspecto del tenor, lo mismo Puccini que Toscanini, reconocieron que tenía que ser el tenor español Miguel Fleta, con el que además no tenían ninguno de los dos una excelente relación, es decir que no fue por amistad.
Concretamente, en sus inicios Miguel Fleta, en Viena, cuando estaba empezando con Luisa Pierrick, un año antes en Trieste había nacido el hijo primerizo de Luisa y de Miguel, programaron Tosca, de Puccini, y todos ustedes saben que el aria del tercer acto, el famoso E Luceven la Stelle, que todos conocemos como El adiós a la vida, pues Fleta hacía una versión especial que le había marcado su profesora. Cuando estaba estudiando con él en el Liceo le llevó un día a que escuchara al tenor italiano de Lecce, Tito Schipa, que también había estrenado una obra de Puccini, La Rondine, en Montecarlo. Los cantantes escucharon en disco una grabación de Tito Skipa, que tenía muy poquita voz, en una clase de canto. Tito Skipa era pletórico, maravilloso, pero no tenía una gran voz. Luisa Pierrick le dijo a Miguel Fleta: ¿ves lo que hace ese hombre con una vocecita?, pues tú vas a hacer lo mismo pero con una voz así de grande. Se inspiraron en Tito Skipa.
Miguel Fleta tenía la facultad enorme de aplanar esos filados fabulosos que le había marcado su profesora.
Bien es cierto que, si él no hubiera atesorado esa garganta prodigiosa, por mucha Luisa Pierrick y mucho Pigmalión, no hubieran hecho nada, porque él no era más que un cantante de jota, pero su voz era maravillosa. Ya en Viena, volvemos a Viena, cuando estaba cantando Tosca, el E Lucevan le Stelle, Miguel Fleta ataca una nota, el mezzoforte, y la va descendiendo, descendiendo, hasta convertirla en un suspiro. Es imposible, es sobrehumano lo que hacía este hombre.

Pero le dijeron a Puccini que este hombre alteraba su aria, y Puccini, que era una autoridad, que era un dios, que era un genio, y que estaba en Viena, se presentó de incógnito y, cuando concluyó la representación de Tosca, llamó a Luisa Pierrick y a Miguel Fleta a su hotel y les dijo: mire usted, he visto lo que ha hecho con mi aria E Lucevan le Stelle, está muy bien, pero no es lo que yo he plasmado en el pentagrama, no es lo que yo he escrito, así es que le prohíbo terminantemente que lo vuelva usted a hacer. Miguel Fleta, ya saben todos ustedes nuestro carácter, aragonés siempre, un poco vehemente, se enfadó mucho. Luisa Pierrick intervino y le dijo a Puccini: pero hombre, Maestro, tenga usted en cuenta que Caruso, también en Pariaschi, de Ruyelo Leoncavallo, se permitía alguna licencia. Pero Puccini le dijo, no, no, yo no permito que altere lo que yo he escrito. Y Miguel Fleta le dijo: mire usted, si yo canto E Lucevan le Stelle, como usted la ha escrito, me aplauden, pero si la canto como me manda mi profesora me hacen bisar y hasta trisar. O sea que usted diga lo que quiera, que yo cantaré como me de la gana. Y aquello le hizo mucha gracia a Puccini y fue el principio de una gran amistad.

Con Toscanini, Director de La Scala de Milán, tuvo Miguel Fleta otro altercado, pero no con Tosca, sino con Rigoletto, con La donna e mobile. También Fleta descendía un poco la nota, la aplanaba, y le dijo Toscanini que la cantara con arreglo a la partitura. Fleta se enfadó, le dijo que se iba, que no cantaba, y Toscanini le dijo :

Pues yo no le acompañó. Y la donna se la acompañó el director suplente Antonino Boto, que luego fue un gran director de La Scala. La interpretación fue un gran éxito, y pidieron un bis, y entonces Toscanini, que era una gran persona, en un ejercicio de sencillez, sí que acompañó a Fleta, y fue el principio de otra gran amistad. Por eso, cuando se reunió Puccini con Toscanini, llegaron a la conclusión de que el rol del Príncipe Calaf, tenía que ser el tenor español.
Puccini, que era muy rico, estaba muy enfermo de cáncer, y le dijeron que en Bruselas había una clínica donde operaban esto muy bien. Puccini lo que hizo es llevarse bajo el brazo el libreto de Turandot, con la partitura. Le faltaba concluir parte del tercer acto , y se la llevó a Bruselas pensando que allí era un poco la piedra filosofal, que lo iban a curar y podría terminarla. Pero la operación fue muy mal, no tuvo ninguna esperanza de curación y su corazón dejó de latir el 29 de noviembre de 1924. Pero, entre las sábanas de la habitación de aquella clínica de Bruselas, se encontraron partituras y bocetos con el dúo final del tercer acto de Turandot, y con la última aria que había escrito Puccini de la esclava Liú.

Mucho más se extendió Miguel Ángel Santolaria en su conferencia, con admirable sentido didáctico, cercano, y coloquial, pero no podemos reproducirla toda aquí. Pasamos, pues, al espacio musical, en el que hizo la siguiente presentación:
Hoy tenemos aquí con nosotros a un gran pianista y director musical, profesor y compositor, a pesar de su juventud, que es Oier Arce. Estuvimos hablando sobre la posible interpretación de alguna de las arias de Turandot, e hicimos algunos ensayos. ¿Qué les parece si, con la ayuda del maestro, interpretó el aria, No le piangere, Liú.?.
En efecto, a continuación, tuvimos el placer de disfrutar de la fusión, en el escenario, del joven talento del Maestro pianista Oier Arce y de la dilatada experiencia del Tenor Miguel Ángel Santolaria, que nos ofrecieron una magnífica interpretación del aria No le piangere, Liú, que a veces por cierto pasa algo desapercibida. No en este caso, pues los espectadores premiaron con prolongados aplausos la actuación de los artistas.

Santolaria. Concluía el acto primero, se va Turandot, se van los ministros, y se queda desconsolada la pobre Liú. Y ya pasamos al acto segundo, el que se llama el Acto del enigma. Aparece el interior del Palacio Imperial, con el Emperador y los tres ministros, este es el terceto de los tres polichinelas. Ellos se quejan de la interminable y sangrienta rutina de ejecuciones provocada por la crueldad de la princesa. Antes, Turandot, la princesa de hielo, dice que no hace esto de los enigmas porque sea un personaje malvado, sino porque en otra época una antepasada suya fue ultrajada por un bárbaro, y esta es su venganza. Lo cierto es que allí no acertaba los enigmas nadie.
Empieza la escena de los enigmas, con una música maravillosa de estilo oriental, cuando Turandot le plantea los enigmas a Calaf. Primer enigma: ¿qué es lo que nace todas las noches y por la mañana muere?. El Príncipe Calaf, piensa y responde, la esperanza. El primer enigma es acertado. La princesa no pone muy buena cara, pero todavía le quedaban dos enigmas más. Y sigue con el segundo enigma: ardiente como la fiebre y que se enfría como la muerte. Después de la meditación correspondiente, el Príncipe contesta, la sangre. Segundo enigma acertado. Turandot le dice que muy bien, pero que no cante victoria porque el tercero no lo va a acertar, y está en juego su cabeza. Tercer enigma: es algo como el hielo, pero que nunca quema.

Después de las correspondientes meditaciones, Calaf contesta: ya tengo la respuesta, la propia Turandot, la principesa de hielo. El golpe que recibe Turandot es enorme. El Príncipe desconocido acaba de acertar los tres enigmas.
La Princesa Turandot va a su padre llorando encolerizada y le dice que ella es la princesa, que nadie puede profanar su cuerpo, y que la exima de casarse con el extranjero. Pero su padre le dice: tienes que casarte, yo soy el emperador, soy justo, y no te queda más remedio que casarte. Calaf, al verla tan descompuesta, le dice: tu me has planteado tres enigmas, y yo a ti te voy a plantear uno solo. Si antes del alba averiguas cual es mi nombre, te eximo de casarte conmigo. Y se marcha. Y ese es el final del acto segundo, el famoso acto de los enigmas.

Viene ya el acto tercero. Turandot ha dado órdenes a todo el pueblo para que averigüen el nombre del extranjero, y el que no se lo comente le cortará la cabeza también. El pueblo está compungido, el ejército entrevista a la gente, pero el Príncipe Calaf aparece en el acto tercero y dice: al alba venceré y me casaré con Turandot, nessume norma (nadie duerma). Y calaf interpreta esa aría nessume norma, la más representativa de la obra, que el amigo Pavarotti inmortalizó.
Seguidamente, Miguel Ángel Santolaria, de nuevo nos deleitó con la interpretación ahora del aria nessume norma, de la obra Turandot, de Puccini.
Lo hizo acompañado al piano por el Maestro Oier Arce, en una brillante actuación que arrancó también numerosos aplausos del público .
El Príncipe Calaf se las promete muy felices, pero la principessa Turandot, a través de uno de sus esbirros, reconoce al Emperador Timor, a su esclava Liú, y alguien le dice que esa gente sabe el nombre de ese príncipe desconocido porque tienen parentesco con él. Turandot manda al verdugo, el mismo que le ha cortado la cabeza al Príncipe de Persia, que torture a la esclava Liú hasta que confiese el nombre de ese príncipe desconocido.
Esta aria, hoy van ustedes a tener el privilegio de que la cante nuestra gran Soprano, lírico spinto, Ana López Sinaga, una de nuestras grandes sopranos aragonesas. Estuvo catorce años en el Teatro Lírico, cuando lo dirigía mi Maestro Emilio Belaval. Recuerdo esa Rosa del azafrán que grabaste con Emilio Belaval y que de vez en cuando me la pongo. El aria es la que canta la esclava Liú, antes de morir, y se llama Tu che di gel sei cinta.

Es lo último que plasmó Puccini en el pentagrama. Estaba muriéndose y la partitura la tenía entre las sábanas. Muchos dicen que no es un aria demasiado larga, pero es de una belleza sublime. Lo que hace Liú después de cantar esta aria es que, al verdugo, le quita la espada y se suicida.
En la brillante voz de Ana López Sinaga, escuchamos Tu che di gel sei cinta, y con ese maravilloso recuerdo ponemos aquí fin a nuestra crónica sobre este doble evento musical.
Desde estas sencillas líneas de los Reales Tercios de España, felicitamos a la Asociación de Amigos de la Música de Zaragoza, por ofrecernos esta perla musical, y agradecemos al Centro de
Historias de Zaragoza el acoger tan magnífico acto de memoria colectiva.
